viernes, 6 de marzo de 2009

CAPÍTULO 4: EL CADÁVER ENSANGRENTADO DE UNA FUGITIVA


CAPÍTULO 4: EL CADÁVER ENSANGRENTADO DE UNA FUGITIVA

Aquel irritante pitido estaba empezando a ponerme de los nervios. Refunfuñe mientras me recordaba a mí misma que jamás volvería a aceptar ningún regalo proveniente de tía Marga. Me volteé en la dura cama y alargué el brazo con la intención de concluir con aquella tortura. Palpé el aire en busca de la mesita de noche sobre la que se hallaba colocado aquel horrible despertador fucsia que cada mañana lograba enrabiarme. Al no tentar con mi desnuda mano la sólida mesita que debía mantenerse ubicada junto a mi cama, deslicé mi enervado cuerpo hacia el borde de ésta con la intención de lograr esa vez alcanzar el objeto de mis constantes tormentos. Ni siquiera tuve tiempo de entreabrir mis pesados parpados cuando, en una rápida caída, mi cuerpo topó dolorosamente con el frío y duro piso. Gemí débilmente a causa del dolor proveniente de mi brazo derecho. Me faltaba el aliento. Inspiré profundamente mientras dirigía la vista hacia el pliegue de mi codo derecho, en el cual se encontraba incrustada una jeringuilla. Ésta se mantenía adherida a la rojiza piel que la rodeaba gracias al grueso esparadrapo fijado alrededor de mi inmovilizada articulación. Permanecía completamente desorientada. Aquella sala no tenía nada que ver con mi conocidísima habitación. Me senté en el gélido suelo a la vez que examinaba la nítida estancia en la que me hallaba. Analicé detalladamente el lugar asombrándome al atisbar ante mí docenas de ramos de flores. El fuerte aroma a rosas se introdujo en mis fosas nasales, parcialmente taponadas. Tuve que utilizar como apoyo la cama ubicada junto a mí para lograr ponerme finalmente en pie. Me temblaban ligeramente las piernas.

Advertí con repulsión la mancha de sangre presente en mi adolorido brazo. Estaba empezando a marearme. No es que me repugnase el hecho de contemplar sangre, sino que la visión de una jeringa clavada en mi sangrienta piel no era un panorama en absoluto agradable. Inhalé el aire que me rodeaba mientras me sentaba en el borde de la sólida cama. Cerré los ojos e intenté mantener la mente en blanco, aunque aquel persistente pitido que me había despertado minutos antes volvió a retumbar en mi punzante cabeza. Abrí lentamente los parpados a la vez que me acariciaba mi acalorada frente. Ante mí, halle al responsable de mi suplicio. Sobre la otra cama ubicada en la estancia, hasta entonces completamente inexistente para mí, se mantenía tumbado un hombre de mediana edad cuyo rostro se encontraba parcialmente cubierto por vendajes, al igual que la mayor parte de su cuerpo. De sus brazos vendados sobresalían diversos tubos, algunos de ellos conectados al monitor cardíaco colocado contra la pared, el cual ejercía los palpitantes pitidos que hasta entonces tanto me habían molestado. Me sentí repentinamente despreciable al contemplar el mal estado en el que se hallaba el sujeto estacionado ante mí. Aquel antaño molesto silbido proveniente del monitor se transformó en un sutil murmullo que ya nada me incordiaba.

Tras algunos minutos de apaciguador silencio, volví a posar mi confusa mirada en la sección floral ahora ubicada a mi izquierda. Las tres cuartas partes del inmaculado cuarto se hallaban repletas de aromáticas flores que, en mi opinión, nada armonizaban con los sencillos adornos que decoraban la sala. Pensé inmediatamente que los diversos ramos dispuestos ante mi aturdida mirada debían haber sido traídos por los familiares del paciente con el que compartía habitación.

Sin previo aviso, una apresurada mujer hizo su aparición en la pacífica estancia logrando captar mi total atención. Vestía de riguroso blanco y su amable rostro evidenciaba preocupación. Debía rondar los cuarenta años. Algunas arrugas empezaban a adornar su pálida piel en sitios clave como el contorno de sus ojos o las comisuras de sus finos labios.

-Esto es una auténtica locura-comentó esbozando una sutil sonrisa mientras me contemplaba con, según mi criterio, exagerada cordialidad-Ahí fuera se ha montado un gran escándalo-declaró aproximándose a mí.

Agarró delicadamente entre sus fríos dedos mi entumecido brazo derecho. Tenia muy mala pinta.

-Esto te va a doler-aseguró con ternura en el preciso instante en el que arrancaba el esparadrapo adherido a mi piel.

Me mordí con fuerza el labio para evitar gemir de dolor a la vez que dirigía mi vista hacia la amoratada y ensangrentada articulación, en la que seguía incrustada la jeringuilla que seguramente esa misma enfermera había incrustado tiempo atrás en mi entonces blanco pliegue.

-Lo siento, cielo-se disculpó mientras extraía la fina aguja de mi acardenada epidermis.

Le sonreí livianamente intentando aparentar fortaleza. Me dolía tanto el brazo que ni siquiera era capaz de entablar una conversación con la encantadora sanitaria ubicada ante mí. Tenía miles de preguntas que plantearle, aunque deberían esperar. Al menos por el momento.

-¿Te has caído de la cama?-preguntó dibujando una amplia sonrisa en su tez.

Esbocé una tímida sonrisa mientras asentía. Me sentía verdaderamente estúpida. Aquella desconocida mujer no dejaba de analizarme con sus almendrados ojos, lo que estaba empezando a incomodarme. No soportaba que me observasen. Me ponía nerviosa.

-Has roto el tubo-comentó sin borrar la cariñosa mueca que permanecía cosida sobre su longeva piel.

Dirigí mi confusa mirada hacia el lugar que señalaba. Colgado de una especie de perchero metálico se hallaba una bolsa transparente, repleta de un líquido incoloro, que se mantenía unida a un estrecho tubo de plástico que, supuestamente, debía estar unido a la jeringuilla que pocos minutos antes la enfermera me había retirado.

-Lo siento-murmuré en un hilo de voz.

Me encontraba extrañamente cansada, adormecida. Los parpados me pesaban más de lo habitual y a penas era capaz de abrir con la suficiencia necesaria mis gruesos labios.

-No te preocupes. Tenemos cientos más-aseguró en el instante en el que posaba su cálida mano sombre mi frente-Por lo que veo el sedante todavía hace efecto-murmuró para sí misma.

-¿Sedante?-logré preguntar ante el adormecimiento que mis labios estaban experimentando.

-Túmbate-me ordenó si cesar de utilizar aquella susurrante voz que tanta tranquilidad me inspiraba.

Obedecí de inmediato, pues verdaderamente necesitaba echarme. Estaba empezando a marearme de nuevo. Entrecerré los ojos mientras la amable sanitaria cubría mi agarrotado cuerpo con unas finas sábanas blancas.

-Intenta dormir-me aconsejó-Te hará falta.

No comprendí con exactitud el significado de las últimas palabras que la encantadora enfermera había pronunciado hasta que desperté horas después en la misma acogedora habitación. En un principio no fui capaz de distinguir nada más que el cegador fulgor proveniente de los focos ubicados sobre mí pero, lentamente, mis ojos fueron acostumbrándose a la luz que iluminaba la florida estancia.

-No creo que sea una buena idea-escuché que murmuraba la conocida voz de la enfermera que me había atendido anteriormente-Está en tratamiento. Seguramente seguirá sedada.

-Lo lamento, pero no podemos esperar más-aseguró una tosca voz masculina que estaba segura no conocía.

-¿De verdad cree que el asunto es tan extremadamente importante como para despertarla?-inquirió la sanitaria con voz molesta.

-Me temo que sí-respondió otra voz completamente diferente a la primera. Estaba segura de que se trataba de una mujer.

Todavía adormecida, alcé costosamente la parte superior de mi cuerpo quedándome sentada sobre la firme cama dispuesta bajo mi pesado cuerpo. El silencio abarcó rápidamente la sala. Ante mí se hallaban tres personas, aunque tan sólo con una de ellas había mantenido algún tipo de trato. Los dos individuos que no conocía me contemplaron con cierto interés mientras la sanitaria se acercaba a mí con la intención de obligarme a tumbarme de nuevo.

-No hagas esfuerzos-mandó en un tono extrañamente rudo.

-Señora, tenemos prisa-informó el hombre.

Ambos sujetos vestían con la indumentaria típica de los deportistas, por esa razón me sorprendí cuando la mujer extrajo del interior del grueso anorak que vestía una reluciente placa policial. Miré completamente confusa a la crispada mujer ubicada junto a mí, la cual miraba con desaprobación a las dos personas que habían logrado captar mi total atención.

-Necesitamos hacerte algunas preguntas-dijo el policía mirando de reojo a la irritada sanitaria que me escoltaba.

-Quince minutos-mustió con voz firme mi cuidadora segundos antes de salir del cuarto con apreciable indignación.

Examiné los rostros de los dos policías situados ante mí. Permanecían serios, aunque la mirada de ambos denotaba cierto pesar.

-¿Te llamas Helena McGregor?-preguntó la joven mujer fijando su emprendedora mirada en mí.

Asentí levemente a modo de respuesta. No entendía cual era la causa por la que se mostraban tan distantes, tan extremadamente cautelosos.

-Soy la agente Damon y mi compañero es el agente Swank-anunció en un tono neutro que, sin saber exactamente porqué, me dio mala espina-¿Te importaría responder a algunas preguntas?-inquirió en el instante en el que se sentaba en la desgastada butaca negra ubicada junto a mi cama.

Negué con la cabeza a la vez que dirigía mi vista hacia el hombre de mediana edad situado junto a la ventana. Me analizaba detalladamente con sus expertos ojos. Era consciente de que estaba estudiando cada una de mis reacciones, aunque poco me importaba que lo hiciese. No sabía qué era lo hacían allí aquellas personas, pero no había nada que tuviese que ocultar. Absolutamente nada que debiese preocuparme lo más mínimo.

-Tenemos constancia de que se originó un tiroteo en tu domicilio la pasada noche-notificó la policía.

Me quedé completamente paralizada. No sabía si se debía al sedante que los doctores me estaban administrando o al desmayo que tras los sucesos acaecidos en mi vivienda había protagonizado, pero me desconcertó descubrir que hasta ese momento no había sido consciente de cual era la causa por la que me hallaba en el hospital. Durante todo el tiempo que había permanecido en aquella sala no había revivido ni una sola vez en mi aturdida mente la horrible experiencia que poco antes había sufrido.

-También sabemos que estuviste en el lugar los hechos durante la efectuación de los mismos-detalló la mujer.

Ante mis ojos se expusieron cada una de las espeluznantes escenas vividas con anterioridad. La sangre esparcida por la entrada de mi casa, la destrozada puerta principal, los dos cuerpos inertes en medio de la ensangrentada cocina, el hombre desnucado dispuesto sobre el cimiento que componía la entrada de mi casa...

-Sé que se trata de un asunto un tanto escabroso, pero necesitamos saber qué fue lo que viste aquella noche-pidió la agente sin apartar un segundo su escudriñante mirada de mí, que permanecía totalmente ausente.

Ante mis absortos ojos se mostró una escena en particular. Recordaba a la perfección cada minúsculo detalle de lo ocurrido, cada palabra que aquellos individuos habían pronunciado, cada simple gesto que habían llevado a cabo. Pero, por encima de todo aquello, recordaba con desmesurada exactitud la imagen del joven de grandes ojos verde esmeralda que me había desviado de la trayectoria de la bala que hubiese tenido que atravesar mi inmaculado cuerpo.

-No lo recuerdo muy bien-mentí mientras me rascaba teatralmente la frente como si estuviese rememorando en mi mente cada uno de los hechos acontecidos.

No podía contarles que mi mascota me había salvado la vida. No tenía ninguna lógica, ni siquiera para mí. Era una auténtica locura, aunque estaba segura de que no estaba chiflada. Sabía perfectamente qué era lo que había visto.

Los agentes se mantuvieron en silencio durante unos breves minutos, indagando en mi rostro cualquier atisbo de falsedad aunque, por la mirada que ambos se dirigieron, supuse que no habían hallado ni una pizca de engaño en mi sereno rostro.

-Vives con tu madre, ¿No es así?-preguntó con delicadeza la mujer de cabello castaño ubicada junto a mí.

-Si-respondí poco segundos después.

Un nuevo silencio abarco la estancia. Ésta vez aprecié en aquella calma una extraña incomodidad por parte de los sujetos que me interrogaban. Sabía que había algo que me ocultaban.

-Helena, no sé cómo decirte esto-dijo la seria mujer analizando pudorosamente mi turbado rostro-Se trata de un asunto muy delicado.

-¿Qué ocurre?-pregunté nerviosamente al atinar en el rostro de la agente una mueca que nada me agradó.

-Ayer por la noche encontramos a tu madre cerca del puente de Westminster-Hizo una breve pausa y siguió hablando-Al parecer tenía intención de marcharse del país. En el interior de la guantera hallamos un billete de avión con destino a España y en el maletero de su coche una maleta repleta de ropa y objetos personales-informó la agente Damon dejándome momentáneamente pasmada-¿Tenías constancia de que iba a marcharse del país?

Negué lentamente con la cabeza mientras procesaba en mi mente cada una de las palabras que la mujer había pronunciado. Había tenido intención de abandonarme. De repente todo encajó. Aquellos sujetos que horas antes habían irrumpido en mi casa no tenían intención de matar a mi madre por dos mil miserables libras. Ese tipo de gente manejaba millones cada día, ¿Por qué molestarse en intentar asesinar a alguien que tan sólo les debía lo que para ellos era una verdadera minucia? Alicia debía deberles muchísimo dinero. Me había chantajeado psicológicamente para que le entregase el dinero que necesitaba para huir del país, abandonándome a mi suerte. Seguramente había sido consciente de que aquella gente podría llegar a hallarme en mi domicilio, por esa razón me había dejado la nota. Por esa razón había escapado. Porque finalmente ellos le habían encontrado.

-No sabía nada-respondí en un tono de voz desgastado que ambos agentes percivieron.

-Por lo que hemos podido averiguar, hiciste una transacción desde tu cuenta particular a la de tu madre-declaró la policía fijando su adusta mirada en mí, que permanecía totalmente ausente-Le entregaste aproximadamente dos mil libras.

-Dos mil ochocientas-murmuré en un hilo de voz en el instante en el que posaba mi acongojada mirada en la joven mujer asentada a mi lado.

-¿Puedo preguntarte cual es la causa por la que le entregaste ese dinero a tu madre?-inquirió la agente.

Desvié mi mirada de sus interrogadores ojos castaños para dirigirla a mis entrelazadas manos. Intentaba reprimir el llanto, aunque éste luchaba por lograr brotar de mis afligidos ojos. Me sentía utilizada. Era una sensación tan desoladora que a penas era capaz de mantener la serenidad necesária para proseguir con la interrogación a la que estaba siendo sometida.

-Me lo pidió-declaré alzando el rostro para evitar que de mis acuosas retinas pudiesen escapar aquellas odiosas lágrimas que no era capaz de contener-Dijo que lo necesitaba. Que estaba metida en algo y que le estaban buscando.

La mujer se levantó de la desgastada butaca para asentarse junto a mí en la cama. Cogió delicadamente mis trémulas manos entre las suyas y me contempló bondadosamente, instigándome a seguir con la conversación.

-¿Quién le buscaba?-preguntó cuando logré calmarme.

Negué nuevamente sin poder responder a su sencilla pregunta. Se suponía que no recordaba ninguno de los sucesos acaecidos en mi casa, y eso incluía claramente a los hombres que aquella noche habían acudido a ella con la única intención en mente de matar a mi madre.

-No lo sé-respondí nuevamente notando cómo se iba quebrando mi voz.

La calma volvió a inundar cada recodo de la nítida estancia. Había algo más, algo más que debían contarme. Por primera vez el hombre situado junto a la ventana intervino en la conversación. Se mantuvo distante, aunque no mostró ningún tipo de frialdad ni en su manera de mirarme ni de hablarme.

-¿Estaba metida en asuntos relacionados con drogas?-inquirió con una calma sobrehumana.

Podía percibir en su forma de hablar y de comportarse una gran experiencia en el ámbito policíaco. Se trataba de un verdadero profesional.

-Creo que sí-respondí tras algunos segundos de incesante silencio.

El hombre asintió levemente a la vez que extraía del interior del impermeable azul marino que vestía un gran sobre color ocre que captó mi atención.

-Helena-llamó la mujer situada ante mí-Debo comunicarte que tu madre-hizo una larga pausa mientras buscaba las palabras apropiadas-Hallamos el cadáver de una mujer de mediana edad en el interior de un Opel Kadett blanco. Creemos que se trataba de tu madre-añadió con el mayor tacto posible.

Perdí lo noción del tiempo, del espacio. Me quedé íntegramente en blanco. Durante varios minutos mi mente permaneció vacía, impenetrable. Podía sentir el calor que irradiaban las manos de la agente dispuesta frente a mí, pero era completamente incapaz de escucharle, de ojearle, de olerle. Todo se volvió momentáneamente oscuridad. No sé cuanto tiempo pasó hasta que logré escapar de la conmoción en la que me había hallado prisionera. Mis ojos se empañaron a la vez que recobraba el sentido de la vista junto con el de los otros dos que hasta entonces habían quedado inutilizados. Percibí murmullos próximos, aunque fui incapaz de hallar en ellos sentido alguno. En el instante en el que una gruesa lágrima lograba escapar de mi ojo izquierdo, ingresó en la sala la enfermera que había cuidado de mí durante mi corta estadía en el hospital. Junté con fuerza los labios para impedir que un gemido provocado por el llanto pudiese escapar de mi garganta.

-¡Esto ha llegado demasiado lejos!-escuché que replicaba.

Aquellas cálidas manos se alejaron de las mías en el instante en el que la sanitaria les ordenaba a los agentes que abandonasen la estancia. Permanecí distante durante casi dos minutos. Escuché la conversación que los tres individuos mantenían sin lograr intervenir en ella hasta que mi vista atisbó en primer plano el gran sobre ocre que el policía todavía mantenía aferrado en su mano derecha.

-¿Qué hay dentro?-pregunté con voz débil consiguiendo que los presentes cesasen la acalorada discusión que mantenían.

El agente me miró con confusión hasta que descubrió, siguiendo la trayectoria que marcaba mi fija vista, cual era la razón por la que había planteado dicha pregunta.

-Fotografías-respondió escasamente el hombre de cabellos cobrizos, los cuales contrastaban con su blanca piel, en gran parte recubierta por una corta barba-De la mujer que encontramos en el puente-añadió al contemplar el gesto de insatisfacción que había elaborado ante su seco comentario.

La enfermera esbozó una mueca de enfado a la vez que volvía a pedirles a los policías, de manera muy poco cordial, que se marchasen del lugar.

-Quiero verlas-pedí en el instante en el que ambos individuos accedían a abandonar la sala.

Observé el gesto de incredulidad que la sanitaria me dedicó en el instante en el que el hombre se aproximaba a mi cama para mostrarme dichas fotografías.

-Te advierto que no se trata de un espectáculo nada agradable-me avisó mientras sacaba del interior del sobre cinco instantáneas-¿Estás segura de que quieres verlas?

Asentí livianamente mientras el policía depositaba cada una de las imágenes sobre las revueltas sábanas que cubrían la cama en la que me hallaba sentada. No podía quedarme con la duda. Necesitaba saber si era mi madre la que se hallaba muerta en el interior de aquel coche, aunque ya sabía la respuesta. Sabía que era ella, pero necesitaba constatarlo.

Visualicé cada una de las fotografías con una serenidad impropia de mí. Contemplé el cuerpo inerte de mi madre sobre el asiento del conductor del coche que mi padre le había regalado a Alicia para su vigésimo cumpleaños. Alrededor de su agujereada sien se aglutinaban varios mechones de pelo adheridos a la reseca sangre que cubría gran parte de su rostro. Analicé detalladamente cada una de las instantáneas sin atreverme a hacer ningún comentario.

-¿Es ella?-preguntó el agente Swank pasados algunos minutos.

-Si-respondí endeblemente mientras apartaba mi vista de las horripilantes imágenes que había examinado.

Escuché el ahogado gemido que efectuó la enfermera. No sabía cual era la causa por la que se inmiscuía tanto en aquel asunto que a ella tan poco le atañía, aunque realmente poco me importaba.

-¿Estás segura?-inquirió insistentemente el añoso hombre.

-Si-volví a responder en el instante en el que limpiaba con mi desnuda mano las pocas lágrimas que habían logrado aflorar de mis firmes parpados.

Ambos agentes me observaron con lástima, aunque para entonces mi mirada ya no estaba posada en ellos, sino en los múltiples ramos que abarrotaban la sala. Por fin entendía cual era la causa de que en el lugar se hallasen tantísimos ramos de flores. La noticia ya se había expandido. Seguramente todos mis familiares lejanos y mis pocos amigos ya se habían enterado del asesinato de mi madre, incluso antes que yo.

-¿Han hablado con mis familiares?-quise saber a la vez que fijaba mi vista en los policías.

-Todavía no-respondió la agente Damon dejándome desconcertada-Intentamos establecer contacto con algunos de ellos, aunque por el momento no hemos podido localizarlos.

-¿Podrías darnos la dirección de algún pariente cercano?-pidió el policía sacando el bloc de notas y el bolígrafo que guardaba en el bolsillo interior de su impermeable.

La única persona con la que mantenía relación directa era con tía Marga, la cual no era ni siquiera mi verdadera tía, sino que era prima hermana del primo segundo de mi padre.

-No tengo parientes cercanos-no quería entrometer a nadie más en aquel turbio asunto.

Tía Marga vivía en un pueblecito llamado Windsor ubicado en las afueras de Londres. Era un lugar retirado del bullicio de la ciudad. Tenía una vida tranquila, apacible y rutinaria, la cual tan sólo deseaba compartir con sus adorables gatos siameses.

Aquel efímero pensamiento derivó en otro mucho más mágico. Más irreal.

-Entiendo-murmuró el policía volviendo a guardar los utensilios en el bolsillo de su impermeable.

-Si ya han terminado, les agradecería que abandonasen la habitación-comentó la indignada enfermera de manera fingidamente cordial.

-De acuerdo-farfulló la agente Damon tras dedicarme una tímida sonrisa-Espero que te recuperes pronto. Lamento mucho lo ocurrido-mustió finalmente antes de desaparecer tras puerta seguida por su compañero, el cual me contempló con amabilidad antes de marcharse del lugar.

Observé sin demasiado interés el trabajo que la sanitaria estaba efectuando. Estaba volviendo a adormecerme. Me recosté sobre la dura cama en el instante en el que dirigía mi acongojada mirada hacia la enfermera, que me sonrió con dulzura.

-Ahora descansa-dijo segundos antes de que me sumiese en un profundo sueño que logró apaciguar tenuemente el sentimiento de culpa que sentía por no haber podido ayudar a mi madre y el sentimiento de odio y cólera por haber sido engañada y abandonada por la única persona en el mundo por la que hubiese dado mi vida sin siquiera planteármelo una décima de segundo.


jueves, 5 de marzo de 2009

CAPÍTULO 3: AJUSTE DE CUENTAS



CAPÍTULO 3: AJUSTE DE CUENTAS

Aquella noche a penas logré pegar ojo. A través de la fina pared que me separaba del cuarto de mi madre pude escuchar el ahogado llanto de ésta. Sabía que me arrepentiría el resto de mi vida si le sucediese algo que yo hubiese podido evitar. Debería dejar los estudios. Al menos por el momento.

-La vida es muy injusta-mustié en un susurro mientras acariciaba el suave pelaje del pequeño minino aposentado junto a mí.

El gato me observó durante largos minutos sin siquiera moverse un ápice. No me extrañó que lo hiciese, pues durante gran parte de la noche se había mantenido alerta y extrañamente protector. A cada leve sonido que mi madre profería ejercía un bufido o exponía sus afilados dientes con agresividad. No comprendía el porqué de esa actitud tan extremadamente defensiva, aunque me agradaba. Jamás nadie se había preocupado por mí lo suficiente como para temer por mi seguridad. Quizá sólo se tratase de un pequeño saco de huesos pero ,al fin y al cabo, era mi propio saco de huesos. Mi adorable saco de huesos. Sonreí risueñamente al sentirme abrigada por él; por un menudo minino que desde hacía menos de veinticuatro horas jamás había necesitado y que ahora no quería dejar marchar de mi lado. Quizá me estaba mostrando demasiado egoísta al desear que él siguiese conmigo en aquella ruinosa casa que compartía con una desequilibrada pero, incluso sabiendo que mi actitud era claramente inmoral, no podía evitar ansiarlo.

Cuando los primeros rayos de sol cubrieron parte del cuarto, decidí que ya era hora de levantarme. Pretendía largarme de allí lo antes posible. Coloqué desordenadamente los libros que esa mañana necesitaría en el interior de la obsoleta mochila y me dirigí aceleradamente, seguida de cerca por el felino, hacia el cuarto de baño.

-Espera aquí-demandé instantes antes de cerrar la puerta ante el minino, el cual se asentó frente al recinto en el que ahora yo me hallaba.

Tras una breve ducha, agarré con presteza una de las toallas que colgaban del porta toallas ubicado a mi derecha, sequé con ella mi mojado cuerpo y salí de la menuda sala repleta de vapor para encontrarme directamente con mi escolta particular, el cual meneó rítmicamente el rabo en el instante en el que le dedicaba una sonrisa. Me vestí con desmesurada prisa ante la atenta mirada de Galfield, que se mantuvo en todo momento alojado junto a la entrecerrada ventana.

-Ahora te traeré algo de comer. No te muevas de aquí-mandé mientras me abotonaba los pantalones vaqueros que vestía a la vez que salia de mi cuarto para dirigirme hacia la cocina ubicada en el piso inferior.

Resoplé con incredulidad al contemplar junto a mí a aquella bola de pelo de la cual no lograba zafarme. Esbocé una liviana sonrisa sabiendo a la perfección que todo esfuerzo por intentar que cumpliese mi sencilla orden sería totalmente en vano así que, sin opción alguna, dejé que me acompañase. Contemplé con admiración la manera en la que se deslizaba elegantemente junto a mí.

Penetré en la desarreglada estancia con la única pretensión de comer algo antes de partir hacia la facultad. Tras contemplar la hora que marcaba el reloj dispuesto en la cocina y cerciorarme de que no disponía de tiempo suficiente para elaborar un digno manjar, me dirigí hacia uno de los múltiples armarios hallados en el lugar. Tras rebuscar laboriosamente en el interior de la mayor parte de ellos, finalmente logré encontrar lo que buscaba. Agarré aceleradamente la última lata de anchoas que quedaba y la abrí vertiendo su contenido en el cuenco que ya pertenecía a aquel audaz felino, el cual ahora se situaba recostado sobre la encimera de madera que revestía dos de las cuatro paredes que componían la sala.

-Espero que te guste-comenté en el instante en el que cogía una de las manzanas del frutero metalizado fijo sobre la escueta mesa cuadrada ubicada en el centro de la luminosa estancia.

Pude escuchar el bufido que el animal profirió mientras me dirigía hacia el piso superior para lavarme los dientes y coger mi mochila. Pocos minutos después, bajé nuevamente las empinadas escaleras de madera que, como siempre, crujieron bajo mis pies. Coloqué la bolsa sobre mi espalda para, segundos después, mordisquear la rojiza manzana que mantenía agarrada en mi mano derecha.

-Garfield-llamé dirigiéndome reiteradamente hacia la cocina.

Suspiré al contemplar el cuenco todavía repleto con aquellas saladas anchoas que a mí tan poco me gustaban. Estaba claro que tampoco se trataba de uno de los platos predilectos del felino.

-Por lo que veo no te gustan las anchoas, ¿Verdad?-comenté sonriente mientras tiraba el contenido del recipiente gatuno a la papelera-Lo siento, no tengo sardinas-añadí tras rebuscar en el interior de la desierta nevera-Me pasaré después de las clases por el supermercado y compraré algo digno de tu exquisito paladar.

Dirigí mi vista hacia el refinado gato aposentado sobre la mesa central quedándome, como veces anteriores, completamente pasmada ante la mueca que tras mi comentario había ejecutado. Una de dos, o me estaba volviendo loca o el felino me había vuelto a sonreír.

-¿Qué es esa cosa?-preguntó una conocida voz a mis espaldas ocasionando que me sobresaltase.

No respondí inmediatamente a la pregunta, ya que el rostro de asco que mi madre ejerció me dejó momentáneamente estática. Cogí al minino entre mis brazos y emprendí un rápido paso hacia el piso superior con la única idea en mente de salir de aquel lugar lo antes posible.

-¡Te he hecho una pregunta!-comentó mi madre con voz ruda y fría mientras me seguía de cerca.

-Un gato-mustié apresuradamente en el instante en el que ingresaba en mi cuarto.

-Eso ya lo veo-aseguró sin cesar momento alguno el tono de voz desafiante que desde el inicio de la conversación había estado usando-Lo que quiero saber es qué hace aquí esa cosa-comentó con desprecio.

Me volteé hacia ella para contemplarle, cosa que inmediatamente preferí no haber hecho. Su descompuesto rostro me contemplaba con rencor. Analicé detalladamente su desaliñado aspecto. Sus ojos permanecían tan hinchados como la noche anterior pero ahora, bajo ellos, descansaban unas inflamadas ojeras moradas imposibles de disimular. Parecía mucho mayor que la pasada noche. Contemplé asombrada la profundidad que habían adquirido cada una de las arrugas dispuestas junto a sus acuosos ojos, los cuales se mantenían fijos en mí.

-Ahora es parte de la familia-anuncié decididamente.

-¡De eso nada!-testificó cruzándose de brazos a la vez que yo dejaba sobre la cama al minino-Ya estás llevándote de aquí a esa asquerosa cosa.

-No-concluí sin dejar de observar a la furiosa mujer que se hallaba ante mí.

-¿Estás desobedeciéndome?-inquirió en un tono autoritario que nada le pegaba.

-Va a quedarse-aseguré testarudamente-Y a cambio te daré el dinero que necesitas-sentencié esperando esa vez que ella reaccionase.

-Está bien-acordó rápidamente y, mucho antes de que pudiese asimilar las palabras que había pronunciado, desapareció de mi cuarto.

No entendía la causa por la que se había mostrado tan sumamente conforme ante mi demanda. Odiaba a los animales. Era curioso que hubiese aceptado convivir con un gato al cual repudiaba sin siquiera planteárselo. Sabía que necesitaba el dinero, pero aquella actitud no concordaba en absoluto con la de la Alicia que yo tanto conocía. Había algo que no me había contado. Algo que yo ansiaba saber.

Me deshice de la mochila que cargaba en mis hombros para, seguidamente, dirigirme hacia el cuarto de mi madre. Llamé tres veces a la puerta antes de ingresar en la lúgubre estancia. Las cortinas todavía permanecían cerradas.

-¿Qué quieres?-preguntó mientras se limpiaba con prisa las finas lágrimas que brotaban de sus ojos.

-Quiero algunas respuestas-pronuncié firmemente cerrando la puerta tras de mí.

Camine vacilantemente hacia la cama, en la cual me asenté. Alicia permanecía sentada ante el pequeño tocador de madera que mi padre le había regalado para su tercer aniversario de casados. Era el único objeto de él que todavía conservábamos. Tras su repentina marcha, mi madre enloqueció. Todavía recordaba la fogata que realizó en el jardín trasero, en la cual había arrojado todo aquello que podía recordarle a mi padre. Miles de fotografías en las que aparecía yo junto a aquel hombre que a penas recordaba fueron quemadas aquella misma noche junto a la ropa y varios objetos personales que mi madre no había estado dispuesta a guardar. Estaba claro que nunca había esperado su regreso.

-Creí que no querías saber nada sobre mis malos hábitos-mustió sin dejar de observarse en el menudo espejo alargado situado ante ella.

-Ahora me interesa-me sinceré sin dejar de contemplar su inescrutable rostro.

Suspiró con aflicción a la vez que contemplaba mi reflejo en el vidrio plateado en el cual se mantenía fija mi figura.

-¿Qué quieres saber?-inquirió con voz débil mientras empezaba a maquillar su envejecido rostro.

Respiré profundamente antes de responder. Temía cada una de las respuestas que pudiese darme, aunque prefería saber la verdad que seguir viviendo en la completa ignorancia.

-¿En qué estás metida?-pregunté inquisitivamente esperando reacción alguna por su parte, aunque para mi sorpresa la pregunta no pareció afectarle en modo alguno, ya que siguió acicalándose como si yo no hubiese comentado nada.

-Drogas-respondió resueltamente dejándome momentáneamente pasmada.

Me alteró la manera despreocupada con la que contestó mi pregunta. No era capaz de asimilar la palabra que ella había pronunciado. Era horrible.

-¿Desde cuando?-logré mencionar en un hilo de voz ante la falta de saliva que mi seca boca estaba experimentando.

-Casi dos meses-volvió a responder con total normalidad.

Aspiré ante la falta de aire que estaba padeciendo a la vez pasaba frenéticamente mi mano por mi acalorado rostro. Sabía que tenía problemas con el alcohol, pero las drogas era algo totalmente distinto. Se trataba de un mundo peligroso en el cual no quería estar involucrada.

-Haré la transacción de mi cuenta a la tuya esta misma tarde-murmuré sin lograr salir todavía del shock en el que me hallaba sumergida.

Alicia asintió levemente mientras contemplaba como me marchaba de su cuarto. No quería seguir preguntando. No quería saber nada más sobre el tema. Acudiría lo antes posible al banco y me olvidaría del asunto tan rápido como me fuese posible. Miré el añejo reloj ubicado en mi muñeca izquierda. Hacía casi media hora que el autobús había partido. Bufé con inconformidad a la vez que ingresaba en mi cuarto. Ojeé en un rápido vistazo a Garfield, que seguía sentado ante la entreabierta ventana. Se mantenía vigilante, aunque no le dí demasiada importancia al asunto. Solía comportarse de una manera muy distinta a la de los felinos con los que en anteriores ocasiones me había visto obligada a tratar.

Me tumbé boca abajo en la cama y tapé mi rostro con el edredón. ¿Por qué la vida era tan complicada? Solo deseaba tener una familia normal, una casa medianamente decente, algún hermano al que poder echar la culpa. En definitiva, un vida como la de cualquier otro ser humano. No supe cuanto tiempo pasó hasta que me quedé profundamente dormida en mi lecho. Quizá segundos, minutos, incluso horas. Poco importaba.

Desperté a las cuatro y treinta y siete minutos de la tarde. En un principio no quise levantarme de aquella mullida cama en la que me hallaba acostada aunque, tras recordar que tenía algunos asuntos pendientes que tratar, decidí alzarme. Me froté mis adormilados ojos mientras me colocaba la gruesa cazadora gris dispuesta sobre el respaldo de la silla que se encontraba ante el escritorio. Era un día frío de principios de Noviembre, así que decidí cubrir mi desnudo cuello con una abrigadora bufanda negra que encontré en el interior de mi desordenado armario.

-Vuelvo enseguida-aseguré mirando por última vez al minino antes de recorrer el corto trayecto que me llevaría hacia el exterior de la casa.

En aquella ocasión, Garfield no me siguió. Me extrañó que no lo hiciese, pues no me había dejado ni un minuto a solas desde que le había "adoptado" el día anterior. Tras una rápida visita al banco, me dirigí hacia el supermercado situado a dos calles de mi casa antes de volver a ésta. Eran las siete y seis minutos de la tarde cuando finalmente penetré en mi solitario domicilio.

-¿Mamá?-llamé en el instante en el que ingresaba en la cocina para colocar la compra en su respectivo lugar.

Tras estacionar en su correspondiente puesto el contenido de las tres bolsas repletas de comida que ahora se hallaban vacías sobre la mesa central de la estancia, me dirigí hacia el piso superior. No parecía haber nadie en la casa.

-¿Garfield?-clamé penetrando en mi lóbrego cuarto a la vez que pulsaba el interruptor.

La desordenada sala se iluminó en un santiamén mostrando ante mí piezas de ropa esparcidas por el suelo y papeles ubicados por doquier.

Debería recoger de vez en cuando.

-¿Minino?-llamé nuevamente examinando la solitaria estancia.

Tras llegar a la certera conclusión de que el felino no se hallaba en el lugar, me dirigí hacia el cuarto de mi madre, el cual permanecía tan sombrío como el resto de la casa. Allí, asentado junto a la menuda ventana ahora despejada, visualicé la huesuda figura de mi mascota, la cual me contempló por un breve lapso de tiempo antes de volver a dirigir su vista hacia el exterior.

-¿Qué haces aquí?-quise saber contemplando con cierto desconcierto la sala todavía a oscuras.

Las cortinas, normalmente cerradas, se hallaban abiertas de par en par mostrando por la pequeña ventana habitualmente oculta tras ellas la nocturna calle. Fijé mis extrañados ojos hacia la nota dispuesta sobre la deshecha cama de mi madre. Temiéndome lo peor, agarré el arrugado papel entre mis trémulas manos y leí su escueto contenido con presteza.


Marchate de casa lo antes posible. Vé a casa de tía Marga, ella te ayudará. Lo siento muchísimo cariño.


Durante una fracción de segundo perdí completamente el juicio. ¿Qué significaba aquello? Dirigí nuevamente mi vista hacia el minino asombrándome al contemplar que ya no se encontraba en el lugar en el que poco antes le había visto. Había desaparecido.

-¿Garfield?-pregunté caminando lentamente hacia la despejada ventana frente a la cual segundos antes le había divisado.

Sin saber exactamente la causa, dirigí mi mirada hacia el desolado exterior. A penas eran las siete y diecinueve minutos de la tarde y ya no había transeúntes por las desiertas calles. Normalmente no había nada que pudiese llamarme la atención en el pobre exterior que rodeaba mi casa pero, en aquella ocasión, hubo algo que logró captar mi total interés. Aparcado sobre la acera paralela a mi casa, se hallaba un flamante Mercedes-Benz negro que desentonaba totalmente con el paisaje que tan bien conocía. Me quedé embobada observando la manera en la que brillaba la carrocería del automóvil hasta que, finalmente, mi deslumbrada vista se posó en los tres individuos que en aquel entonces bajaban del vehículo. El aspecto tosco que mostraban logró impresionarme. Vestían camisetas largas que conjuntaban con sus bombachos pantalones y con las múltiples cadenas que colgaban de sus cuellos. Dos de ellos parecían ser de procedencia inglesa aunque el tercero, de piel bronceaba y cabello negro como el carbón, debía proceder de alguna zona ubicada por el sud de América, incluso quizá de América central. Mi sangre se congeló cuando uno de ellos, de cabello rubio apagado y rostro severo, dirigió su adusta mirada hacia mí. Permanecí tan estática como me fue posible, lo que no sirvió de nada. Me había visto. Inhalé aire con ansia al comprender que se encaminaban hacia la casa. Esa debía ser la razón por la que Alicia me había ordenado que me marchase lo antes posible del lugar. Llegué a la rápida conclusión de que no se trataba de gente amistosa cuando atiné en la mano del rubio que seguía mirándome desde el exterior una reluciente pistola metalizada. Mi corazón latió con una rapidez insólita mientras mi mente me demandaba una y otra vez que me largase lo antes posible del lugar. Totalmente atemorizada, emprendí una acelerada carrera hacia el piso inferior sin localizar todavía a mi pequeño felino. Recorrí con tal celeridad las escaleras que tropecé tontamente con mis propios pies cayendo estruendosamente al suelo. Por suerte, tan sólo cuatro peldaños me separaban del firme piso. Escuché un disparo tan cerca de mí que no pude reprimir un leve grito que logró aflorar de mi reseca garganta. Pocos segundos tras el ensordecedor sonido, el cerrojo de la puerta principal cayó a poco más de un metro de mi rostro. Aterrorizada, me alcé del suelo con patosidad e inicié nuevamente la marcha en el preciso instante en el que dos de los tres individuos penetraban en el interior de la casa. Nuevamente, escuché otro ensordecedor disparo ésta vez destinado a mí, aunque la bala que debía atravesar mi pierna izquierda terminó incrustándose en una de las jambas que formaban el hueco por el que velozmente ingresé. Mi única salvación era la puerta trasera ubicada en la cocina en la que ahora me encontraba. Crucé el recinto con la mayor rapidez posible creyendo ilusamente que podría escapar de aquel lugar. Tras la puerta de madera que daba paso al jardín trasero se hallaba el hombre que poco antes me había estado contemplado. Me analizó detenidamente con aquel rostro tosco que tanto pavor lograba infundirme. Cuando me volteé con la intención de salir del lugar, me encontré con los dos sujetos que faltaban. Uno de ellos me apuntaba con su respectiva pistola mientras el otro me examinaba en silencio.

-¿Dónde está?-preguntó rudamente el hombre pelirrojo que no iba armado.

Las palabras no lograron aflorar de mi quebradiza garganta. Deseaba poder responderle, pero el temor había logrado paralizarme por completo. Podía notar cada uno de los latidos que ejercía mi bombeante corazón con total precisión.

-No te haremos nada si nos dices dónde está-aseguró el mismo hombre sin apartar en ningún instante sus claros ojos de mí.

Parecía ser el más pacífico de los tres, cosa que logró tranquilizarme en cierta manera. Al menos uno de ellos era ligeramente conciliador.

-¿Quien?-logré farfullar sin conseguir que mi voz sonase firme.

El hombre de cabello carbón murmuró algo ininteligible por lo bajo a la vez que el pelirrojo asentía paulatinamente sin apartar su serena vista de mí.

-Alicia-mustió tras algunos segundos de incómodo silencio.

Tragué la poca saliva que lograba humedecer mi boca a la vez que mis ojos se empañaban ante el temor que sentía. Sabía que aquello tenía que ver con mi madre. ¿Con quién sino?

-No...No lo sé-murmuré por lo bajo sintiendo mis piernas temblar descontroladamente.

Nuevamente, el hombre armado comentó algo que no fui capaz de captar. Me atemorizaba pensar que podrían matarme en aquel momento sin que nadie pudiese evitarlo. Las calles permanecían tan desiertas como era habitual y no se escuchaba sonido alguno proveniente del exterior. Quizá, si gritase con todas mis fuerzas, sería capaz de llamar la atención de algún vecino cotilla que se molestase en llamar rápidamente a la policía. Aunque sabía que no era un buen plan. Antes de que pudiese agarrar el suficiente aire para efectuar mi temerario chillido ya habría recibido un balazo por parte del tosco hombre que me apuntaba a pocos metros de distancia.

-No tenemos nada contra ti-aseguró el conciliador hombre ordenándole a su compañero mediante un simple gesto con la mano que bajase su arma, cosa que hizo ipso facto.

-No sé dónde está, de verdad-testifiqué nerviosamente segundos antes de que unas insistentes pisadas provenientes del salón lograsen captar la atención de los sujetos que se arremolinaban a mi alrededor cual buitres.

Rápidamente, el hombre armado volvió a alzar la pistola apuntando ésta vez hacia la abierta puerta que daba al pasillo.

-¿Hay alguien más en la casa?-preguntó el mismo hombre con el que en todo momento había estado manteniendo aquella concisa conversación.

Negué con la cabeza al verme incapaz de responder mediante palabras la sencilla pregunta que el individuo había engendrado. Los dos sujetos dispuestos ante mí se miraron con suspicacia durante una leve fracción de segundo antes de que el tercero, del cual ya me había olvidado por completo, colocase el frío cañón de la pistola sobre mi cuello, el cual se residía cubierto por la gruesa bufanda de la cual todavía no había logrado desprenderme.

-Camina-ordenó tajantemente en el momento en el que me propinó un leve empujón para lograr que emprendiese el paso.

Tenía ganas de llorar. Estaba asustada. Por primera vez en la vida deseaba fervientemente que mi madre apareciese por la puerta y solucionase todo aquello que ella misma había causado.

-Más rápido-mandó a la vez que colocaba la pistola sobre mi palpitante sien.

Aceleré el paso cuando mis pies encontraron los peldaños que nos conducirían hacia el piso superior mientras iniciaba un silencioso llanto que pareció molestar al hombre ubicado tras de mí, ya que rumió algo por lo bajo a la vez que me propinaba un ligero empujón. Me dirigí en dirección a mi cuarto sin que el hombre armado pusiese ningún tipo de inconveniente.

-Siéntate-ordenó autoritáriamente cuando ambos ingresamos en el interior de la luminosa estancia.

Acaté el mandato con inmediatez asentándome sobre mi respectiva cama. El atacante no apartó la vista de mi en momento alguno mientras yo me obligaba a desviar la mía de él. Se trataba de un adulto de rasgos duros e intimidantes. Sus oscuros ojos desentonaban con su rubia cabellera y con su pálida piel. Apartó la ropa dispuesta sobre la única silla que se atinaba en el lugar y se sentó en ella cara a mí, sin dejar de estudiarme. Contemplé con cierto temor la sonrisa que había esbozado por el rabillo del ojo. Me mordí con fuerza el labio inferior al observar la manera en la que aquel individuo jugueteaba con la pistola que mantenía aferrada entre sus diestras manos. Seguramente había disparado con aquella pistola a muchas personas en su corta vida. A penas debía tener unos treinta años. No sé exactamente cuanto tiempo pasó hasta que se escucharon varios disparos provenientes del piso inferior seguidos por desgarradores gritos de dolor que resonaron en toda la casa. El sujeto ubicado ante mí se puso de pie aceleradamente, aunque no se movió de su respectivo lugar. Me observó durante unos pocos minutos hasta que el crujido que las escaleras ejercieron bajo el peso de algún humano cuyo destino era el piso superior logró captar su total atención. Por primera vez dejó de apuntarme a mí para dirigir su arma hacia la entreabierta puerta de madera añeja ubicada a mi derecha.

-¡¿Quién hay ahí?!-preguntó el sujeto armado manteniendo su mano alzada preparado para disparar si fuese necesario.

Nadie respondió a su pregunta. Aquellos precisos pasos siguieron haciéndose sonar por el estrecho pasillo. Mi corazón empezó a palpitar con aceleración. Quizá se tratase de mi madre. ¿Quién más podría ser? Los disparos que minutos antes había oído en el piso inferior volvieron a resonar en mi atolondrada cabeza. Temí lo peor.

-¡He preguntado quién hay ahí!-vociferó con firmeza colocando su dedo índice en el gatillo con la clara pretensión de disparar al individuo que se atreviese a ingresar en el lugar.

De nuevo, nadie respondió. Pero aquellos seguros pasos dejaron de sonar. De repente, el silencio abarcó cada rincón de la vivienda. Era un silencio molesto, exasperante. La puerta chirrió levemente al ser impulsada por el individuo que se hallaba tras ella. Dos atronadores disparos provenientes de la metalizada pistola que mi atacante mantenía sujeta entre sus firmes dedos lograron ensordecerme durante algunos inquietantes minutos. Me olvidé de respirar, de pensar, de hablar. Observé con mis asustadizos ojos los agujeros que las dos balas procedentes del arma que ahora volvía a apuntarme a mí habían originado en la dura puerta de madera. Esperé escuchar lamentos, gritos, una respiración entrecortada, algo. Pero no se escuchó nada. Nada fuera de lo normal. La puerta volvió a chirriar ante el lento movimiento que efectuaba seguramente a causa de la brisa que penetraba desde la abierta puerta principal. Inspiré con ansiedad al ver con mis inquietos ojos aparecer tras la destrozada puerta una conocidísima figura. Ante mí, contemplándome con sus fascinantes ojos esmeralda, se hallaba el adorable felino que había creído desaparecido.

-Garfield...-balbuceé dejando que dos gruesas lágrimas aflorasen de entre mis pesados parpados.

El sujeto armado apuntó al indefenso minino y apretó el gatillo en el preciso instante en el que me ponía en pie reprimiendo un grito que luchó por lograr surgir de mi quebrada garganta. Con una agilidad sobrehumana, el gato esquivó la rauda bala destinada a él. Entreabrí los labios alucinada. Jamás había visto algo parecido. El minino emprendió una veloz carrera por el cuarto ante mi asombrada mirada. El menudo felino se había convertido en una mancha borrosa que recorría el cuarto con una precisión deslumbrante.

Observé el descompuesto rostro que esbozó el paralizado hombre ubicado ante mí. Varias balas provenientes de su pistola se incrustaron en las paredes y en los muebles que componían mi cuarto, pero ninguna de ellas logró alcanzar a aquella mancha canela que se desplazaba rápidamente por la sala. Quise moverme, salir de aquel lugar. Pero no pude efectuar ningún tipo de movimiento más que el que ejercían mis pesados parpados al abrirse y cerrarse con lentitud.

-¡Dile que pare!-ordenó el atacante fijando su vista en mí-¡Dile que pare!-repitió apuntándome con su respectiva arma.

No reaccioné ante su insistente petición. Había perdido toda capacidad de pensar, hablar, de moverme. Oí un disparo. Era la última bala que quedaba en la ahora descargada arma. La última bala destinada a mí. Ni siquiera tuve tiempo de aspirar por última vez antes de que algo me empujase violentamente lanzándome sobre la cama. Sentí la presión que un robusto cuerpo ejercía sobre mí segundos después de ser desviada de la trayectoria del proyectil. Contemplé el rostro de un joven muchacho, desconocido para mí, ubicado a simples centímetros del mío. Mantuve en todo momento mis grandes ojos tan abiertos como me fue posible. De repente, aquel desconocido muchacho se transformó en un precioso gato canela. Respiré entrecortadamente cuando el animal se apartó en un ágil y veloz movimiento de mí para volver a revolotear por la estancia. Me recosté sobre mi brazo izquierdo sin ser capaz de entender todo aquello que estaba sucediendo en el lugar en el que me hallaba. Una vez más, el conocido felino se transformó en un apuesto muchacho de cabello color canela y piel blanquecina. Pude visualizar desde mi posición el asustado rostro del sujeto que poco antes había intentado matarme. No tuve ni tiempo de parpadear cuando el hombre rubio fue impelido por el irreconocible joven hallado ahora ante él. Contemplé horrorizada como el sujeto desarmado atravesaba la menuda ventana dispuesta en mi cuarto para, en cuestión de unos escasos segundos, desnucarse al golpearse con el duro cimiento que componía la entrada de mi vivienda. Respiré agitada cuando el chico posó sus deslumbrantes ojos esmeralda sobre mí. Me alcé con rapidez de la mullida cama y emprendí una rápida carrera hacia el exterior. Bajé las escaleras con vertiginosidad hasta llegar al destrozado vestíbulo. Asombrada, observé la sangre que recubría el suelo de madera envejecida que estaba pisando. Dirigí mi amedrentada mirada hacia la puerta principal, abierta de par en par. Desde mi actual posición, pude discernir el inerte cuerpo del hombre que instantes antes se había hallado en mi cuarto. Mis ojos volvieron a empañarse a la vez que mi cuerpo emprendía violentos espasmos. Cogía y expulsaba aire por mis pulmones agitadamente. Reprimí un grito cuando contemplé por la puerta entreabierta de la cocina los cadáveres de los dos integrantes que faltaban. Me agarré a la barandilla de la escalera al notar nauseas. Percibí un desagradable sabor en mi boca en el instante en el que me presionaba con fuerza el estomago con la mano que me quedaba libre. Intenté tranquilizarme sin poder evitar que varias lágrimas brotasen de mis acuosos ojos marrones. Me arrodillé en el viscoso suelo cuando me vi incapaz de seguir en pie. Sentía mis ojos arder. Pude escuchar unos firmes pasos en la lejanía. Todo empezaba a estar demasiado borroso como para poder avistar nada más que sangre a mi alrededor. Me dejé caer sobre el frío piso en el instante en que mis fuerzas se desvanecieron completamente. Me sentía debilitada. Repentinamente, el constante sonido que aquellas pisadas engendraban dejaron de retumbar en mis silenciados oídos a la vez que mis párpados se cerraban para dar paso a la simple oscuridad.


CAPÍTULO 2: EL GUARDIÁN


CAPÍTULO 2: EL GUARDIÁN

Desperté sobresaltada ante los desgarradores gritos que mi desequilibrada madre realizaba. Quise dormir. Quise volver a cubrir con el grueso edredón todo mi cuerpo y fingir que no había escuchado nada que debiese alterarme aunque, como siempre, no fui capaz de hacerlo. Me levanté con temor de la cama, que chirrió livianamente ante mi repentino alzamiento, y caminé pausadamente hacia la habitación de mi madre. Suspiré amargamente segundos antes de posar mi trémula mano sobre el desgastado pomo incrustado en aquella puerta repleta de golpes que mi propia madre, durante sus habituales borracheras, había perpetrado.

-¿Mamá?-pregunté en un débil murmullo que todavía no se como logró aflorar de mi quebrada garganta.

Ante mi lánguida llamada, Alicia dirigió sus acuosos ojos marrones hacia mí. Me contemplaba con temor, con amargura.

-¿Qué ocurre?-quise saber en el instante en el que penetraba en la caótica estancia.

Miles de papeles arrugados se mantenían esparcidos por el mugriento suelo de la habitación, la menuda papelera de mimbre habitualmente estacionada en uno de los rincones de la sala permanecía ahora sobre la deshecha cama y todo su contenido residía vertido por doquier, los frascos de colonia que yo misma le había regalado durante sus últimos cumpleaños ahora no eran más que pedazos de cristal que hacían juego con la nueva decoración del cuarto, las finas cortinas amarillentas se hallaban cerradas de par en par impidiendo así que la tenue luz proveniente de las farolas que alumbraban las calles pudiesen penetrar en la sombría estancia.

-¡Lo he perdido!-gritó exasperada revolviendo nuevamente uno de los cajones que constituían su ennegrecido escritorio.

-¿Qué has perdido?-pregunté completamente confusa ante la situación.

-¡El dinero!-vociferó totalmente alterada.

No supe qué decir. No supe cómo actuar. Mi paralizada mente repetía una y otra vez las escuetas palabras que mi madre había pronunciado entre gritos. Aspiré lentamente el cargado aire que me rodeaba y pasé frenéticamente una y otra vez mi convulsa mano por mi cuero cabelludo.

-¿Cómo...?-logré farfullar ante la conmoción que todavía sentía.

-¡No lo sé, ¿Vale?!-bramó sin cesar su búsqueda.

Negué lentamente con la cabeza a la vez que emprendía nuevamente el paso hacia mi cuarto. No estaba dispuesta a soportar aquella situación. No era suficientemente fuerte como para actuar con la frialdad necesaria.

-¡¿Dónde vas?!-vociferó desconsoladamente en el instante en el que cruzaba el dintel sujeto por las jambas que componían parte de aquella fracturada puerta con la que Alicia descargaba toda su furia.

-A mi habitación-respondí resueltamente intentando mantener mi postura de falsa indiferencia.

-¡De eso nada!-replicó bramando cual lunática consiguiendo que aquel odioso chillido se clavase en mis doloridos tímpanos-¡Ayúdame a buscar el dinero!-ordenó en el instante en el que agarraba fuertemente mi brazo y me zarandeaba violentamente.

-¿Para qué?-mustié débilmente-Sabes que no lo tienes.

-¡Claro que lo tengo!-aseguró sin cesar aquel penoso llanto que no logró infundir ni un ligero sentimiento de compasión en mí-Debe estar por aquí-balbuceó sin soltar mi estático brazo.

-¿Con qué pagaste las copas de más que bebiste ayer?-inquirí con enfado sin ser capaz de reprimir por más tiempo las lágrimas de rabia contenida.

-Con mi dinero-aseguró en un tono de voz delator.

Estaba segura de que ni siquiera recordaba qué era exactamente lo que había hecho la mañana anterior.

-¿Con qué dinero?-pregunté firmemente escabulléndome de los aprisionadores brazos Alicia, que me contempló con arrepentimiento-Cinco trabajos en un mes-comenté con la decepción incrustada en mi clara y serena voz-Cinco despidos-esclarecí con rudeza.

-Ha sido una mala racha-intentó justificarse sin atreverse a visualizar mis ojos cargados de frustración y rencor.

Asentí sin convencimiento alguno a la vez que limpiaba con la manga del jersey marrón que todavía vestía las pocas lágrimas que habían logrado brotar de mis cansados ojos.

-Necesito que me ayudes-me imploró sin cesar su llanto.

-Como siempre-declaré sombríamente sin atreverme a contemplar a aquella mujer que se ubicaba junto a mí.

-Puedo cambiar-prometió tomando nuevamente mi inmovilizado brazo.

Reprimí mis ganas de gritar, de llorar y de insultar a aquella mujer que se hacía llamar madre.

-Lo peor de todo es que verdaderamente crees que puedes cambiar cuando te plazca-comenté con desaliento zafándome de las manos de Alicia-Y no es así-murmuré finalmente abordando con una rápida caminata la poca distancia que quedaba entre mi actual ubicación y mi cuarto.

Cerré la puerta con un grotesco portazo. No solía hacer ese tipo de cosas que tantas veces mi propia madre elaboraba, pero la rabia que sentía estaba logrando nublar la poca sensatez que me quedaba. Me quedé en pie llorando como una verdadera tonta. Debía afrontar yo misma la situación si no quería que todo se fuese a pique. Intenté inhalar la mayor cantidad de oxígeno posible manteniendo mis hinchados ojos cerrados. Me tranquilizaba imaginar por unos breves minutos que no me hallaba en aquel lugar. Me serenaba lo suficiente como para poder recobrar la compostura que últimamente tan frecuentemente perdía.

-Tranquila, tranquila, tranquila-me repetía una y otra vez a mí misma logrando de esa manera que mi ira se apaciguase paulatinamente.

Un conocido maullido resonó en la menuda habitación logrando captar como otras veces mi total atención. Sentado sobre el alféizar de la única ventana dispuesta en mi cuarto, entonces abierta de par en par, se hallaba mi nueva mascota. Sus brillantes ojos me contemplaban como siempre hacían a la vez que su larga cola se movía rítmicamente. Esbocé una tenue sonrisa en mi descompuesto rostro mientras caminaba hacia el minino, que movió de tal manera el hocico que llegué a preguntarme a mí misma si me había sonreído. Borré aquel ridículo pensamiento de mi mente en el instante en el que le cogía para abrigarle entre mis brazos.

-¿Has abierto tú la ventana?-pregunté absurdamente segundos antes de recordarme a mí misma que sólo se trataba de un gato-Creí que la había cerrado-me dije a mí misma mientras la cerraba con el pestillo.

Con el felino en brazos, me lancé suavemente sobre la deshecha cama e intenté conciliar el sueño. Acaricié cariñosamente el lomo del animal, que ronroneó armoniosamente. Aquel sonido me encantaba. Justo cuando creí que podría llegar a quedarme dormida, la quebradiza voz de mi madre logró desvanecer en mí todo rastro de adormecimiento posible.

-¿Puedo entrar?-preguntó golpeando sutilmente la antigua puerta de madera que nos separaba.

-No-respondí decididamente sabiendo que si emprendíamos una nueva conversación sería yo la que saldría mal parada.

-Por favor-pidió segundos antes de ingresar en la estancia sin esperar una respuesta por mi parte.

Rápidamente, escondí tras de mí a la pequeña bola peluda que instantes antes había permanecido cómodamente aposentada sobre mi vientre.

-Te he dicho que no quería que entrases-me quejé intentando ocultar con el mayor disimulo posible al felino.

-Cariño, por favor...-rogó una vez más en el instante en el que se asentaba en el borde de la cama más alejado a mí.

-No me llames así-dicté con enfado.

Sólo empleaba apodos cariñosos conmigo en determinadas ocasiones para intentar ablandar mi fuerte carácter, cosa que normalmente lograba. Odiaba que me tratase de esa manera. Ya no era aquella muchacha inocente que le encubría en todo tipo de situaciones o, al menos, eso me obligaba a creer. Intentaba imponer el sentido común muy por encima de los afectuosos sentimientos que lograban debilitarme, aunque no solía conseguirlo.

-Sólo te tengo a ti-farfulló en un endeble murmullo que logró brotar de su garganta a la vez que de sus grandes ojos marrones sobresalían varias lágrimas más.

Ni siquiera me molesté en visualizar su descompuesto rostro. Lo había contemplado demasiadas veces. Durante toda mi vida había luchado por lograr ser algo más de lo que mi madre realmente deseaba que fuese y no iba a malgastar el tiempo intentando resolver cada unos de los problemas en los que, cada vez con más frecuencia, se inmiscuía. Sólo tenía diecinueve años y había visto ya suficiente para toda una vida. Estaba harta.

-Si no me ayudas me matarán-balbuceó nerviosamente consiguiendo que mis indecisos ojos se posaran en ella, que no cesaba su llanto.

-¿De qué hablas?-pregunté con un deje de histeria en mi inestable voz.

-Estoy metida en algo...Creí que podría dejarlo-comentó esta vez sin mirarme mientras se tocaba frenéticamente las manos-Juro que creí que podría-murmuró finalmente tras haberse limpiado con el sucio pañuelo que portaba entre sus manos las gruesas lágrimas que había derramado.

-No quiero saberlo-dije tras algunos minutos de silencio en los que ambas nos dedicamos a desviar nuestras miradas hacia algún punto muerto.

En aquel preciso instante fue cuando comprendí cuan desesperada estaba mi madre. Me observó con sus rojizos e inflamados ojos intentando articular palabra, cosa que en un principio no logró. Sin previo aviso, se lanzó sobre mí. Sus delgados brazos me rodearon con desespero. Temblaba escandalosamente. Sus cálidas lágrimas comenzaron a humedecer el jersey que entonces vestía a la vez que sus sibilantes palabras plagadas de dolor se incrustaban en mis tímpanos.

-Por favor...Te necesito-repetía reiteradamente esperando mi respuesta.

No sabía qué debía hacer. Si hubiese sido ligeramente más egoísta, le hubiese negado mi ayuda a una mujer cuya única pretensión en la vida había sido, era y sería en un futuro que quizá no fuese lo suficientemente largo, destrozar su existencia y la de aquellos que le rodeaban. Por esa misma razón a penas teníamos parientes que se prestasen para auxiliarnos.

-¿Qué necesitas?-inquirí en un vacilante susurro que no estaba segura haber debido pronunciar.

-Gracias, muchas gracias-agradeció besando una y otra vez mi tenso rostro seguramente pálido.

Se alejó lentamente de mí con una tenue sonrisa pintada en su rostro a la vez que intentaba limpiar el rastro de rímel esparcido alrededor de sus acuosos ojos.

-Dos mil ochocientas libras-rumió aceleradamente volviendo a desviar la vista de mi rostro ahora descompuesto ante el asombro.

-¿Qué?-pregunté en un débil balbuceo.

-Sé que es mucho, pero...

-Yo no tengo ese dinero-alegué totalmente confusa ante la petición de mi madre-Y tu lo sabes-declaré perpleja.

Percibí en los ojos de Alicia un brillo de esperanza que logró ocasionar un leve estremecimiento en mí. Inmediatamente supe que ella ya había llegado a esa conclusión y que había hallado una solución posible para el problema que acababa de plantearme.

-¡Ni lo sueñes!-grité completamente furiosa al averiguar lo que aquella egoísta mujer había ideado.

-Es la única solución-aseguró temiendo que yo no cambiase mi parecer-¡Necesito ese dinero!

-¡¿Y yo qué?!-vociferé fuera de mí.

Ese dinero era mío. No tenía derecho a quitármelo, no podía exigirme algo parecido.

-Cariño, podrás conseguir otra beca el año que viene-intentó razonar.

-¡Tú no tienes ni idea!-bramé con rabia-¡No tienes idea del sacrificio que supone conseguirla!

Durante años había luchado por sacar las mejores calificaciones. Había dejado apartada mi vida social para dedicame en cuerpo y alma a los estudios porque sabía que era la única manera en la que podría llegar a hacer lo que deseaba. Había pasado noches en vela estudiando mientras ella se largaba de copas con los amigos hasta altas horas de la madrugada. No era justo. No iba a permitir que en un sólo día destrozase la vida que con tanto esfuerzo había construido.

-Me buscan desde hace meses-explicó con temor desviando una milésima de segundo la vista hacia la ventana para visualizar el exterior-Si me encuentran...

-No me importa-mentí en el instante en el que mis ojos volvían a empañarse.

Alicia me contempló durante unos breves segundos antes de alzarse furiosamente de mi cama y marcharse de mi cuarto cerrando la puerta con un violento portazo que resonó en toda la casa. Sentí remordimientos inmediatamente tras su marcha. Cerré con fuerza los ojos a la vez que me mordía el labio inferior con rabia, del cual empezó a brotar un leve hilo de sangre que trazó un rápido recorrido por mi mentón. Intentaba reprimir las ganas de llorar que sentía sabiendo que una vez empezase no podría parar hasta que no quedase en mi cuerpo más agua que poder expulsar. Tras algunos pocos minutos de calma, dirigí lentamente la vista tras de mí esperando encontrar a Garfield. Contemplé con asombro que no se hallaba en el lugar en el que le había colocado y, aceleradamente, paseé mi acongojada mirada por la menuda habitación en la que me hallaba.

-¿Garfield?-llamé al no atinarle en el lugar.

Me alcé de la cama buscando una y otra vez por el cuarto algún rastro del felino. Abrí el armario esperando encontrar al minino en el interior, pero ni rastro de él. Miré bajo la cama y bajo el grueso edredón obteniendo el mismo resultado.

-Garfield, no es un buen momento para jueguecitos-aseguré empezando a alterarme ante la súbita desaparición de mi única compañía.

Salí del cuarto apresuradamente y recorrí gran parte de la casa sin cruzarme, afortunadamente, ni una sola vez con mi madre. Estaba a punto de darme por vencida cuando escuché su característico maullido proveniente del exterior. Crucé aceleradamente la puerta que daba al jardín delantero encontrando allí, sobre el muro enladrillado que cercaba la casa, al menudo gato canela que tan rápidamente había aprendido a estimar. Suspiré con tranquilidad cuando sus deslumbrantes ojos se posaron sobre mí.

-No deberías estar aquí-le reprendí sin utilizar dureza alguna en mis palabras-Si Alicia descubre que estás aquí...-murmuré justo en el instante en el que el felino erizaba el bello de su lomo y enseñaba sus afilados dientes mostrando su agresividad.

En un principio creí que aquel acto de carácter belicoso iba dirigido a mí, aunque rápidamente comprendí que no era en absoluto lo que en un inicio había pensado. Ante mí, a unos diez metros de distancia, pude avistar la figura de una mujer. Su largo cabello rubio abordaba gran parte de su esbelta figura. Me contemplaba con sus fascinantes ojos azul turquesa mostrando claramente la aversión que sentía por mí. Jamás me habían analizado de ese modo tan descarado y la verdad es que no me sentí en absoluto cómoda durante los pocos minutos que permanecí ante su hostil mirada.

-Vamos Garfield. Debemos volver dentro-dije acercándome al irritado animal-Hace frío-murmuré en el instante en el que agarraba al minino, que no apartó su enervada mirada de aquella alta y hermosa mujer que seguía observándome.

Pude observar la manera en la que sonrió instantes antes de que penetrase en el interior de la casa junto a mi mascota y sentí una repentina cólera invadir todo mi cuerpo. No se había tratado de una sonrisa amistosa, sino claramente burlesca.








 
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